En el profundo bosque de rosas y demás placebos saltaba en su expresión de fuego incandescente en forma de un conejo de negras orejas que se movía habilidosamente entre la maleza, la idea de ser. Cual ser? de lo que quedo de su lumbre flotando en el viento: La oscuridad permeaba los huesos de toda manifestación vibrante del miedo en su ser, titubeaba; sus pupilas dilatadas ante los amenazadores reverberantes del inconsciente, era la expresión manifiesta de sus ojos ante la pervisibilidad de bestias en busqueda del consumo de su deliciosa carne. Palpitando con velocidad su oxigenación, su envejecer.
Y de entre los seres mas intransigentes y malcomprendidos de, para el mensaje que fuere transmitido por las mitologías, fue la serpiente quien le mordió, con velocidad inesperada por parte del zorro, sus fauces. Si, Zorro quien traía el porte de la elegancia sintética en su pelaje. Y tal zorro quien hubiere deseado más aliento y alimento, paso a formar parte de las escamas del pasado cuando la serpiente comenzare a frotarse contra aquella roca perdida en el espacioso bosquejo de habitantes peludos y agresivos. Como fuera tal serpiente vikinga que rodeaba al mundo en su armadura humana, conquista y maldad.
Asi fue como en su mente la serpiente vislumbraba, apuntaba y enfocaba con el objetivo de sobrevivir; con su sentido térmico percibía el exquisito calor del suave conejo casi indefenso. Lo viera en su consciencia de terror interno entonces tal vez la serpiente prefiriere evitar consumir sus toxicidad repulsiva. Pero no fue la serpiente sino el zorro en su ser más allá de su piel, lo que se quedo en su bio-síntesis, lo que le impulso al aventurarse.
Pero el conejo no era conformista sino que su miedo impulsaba su cobardía hacia la irracionalidad de la violencia compartida, en la construcción de relaciones; y así fue que en un parapadeo intercambiaron venenos conejo y serpiente y crearon algo vicioso y perdurable.
Fue entonces que el zorro de las nueve colas devoro al mundo para envolverlo cual ouroboros en el misterio de su repetitividad incesante, vaga y asi nacio la incertidumbre certeza humana.
Y cuando lo descubrieron le dio frío y se fue a congelarse en la paz de la inmovilidad eterna de Hades.