[...]

Al alcanzar el sueño en la helada noche, imagino que camino por un agudo enfiladero que ilusamente creo que me llevará a reencontrar al cálido sentido de la vida.

Mientras me deslizo por el estrecho camino ascendiente y rodeado de una flora pantanesca, las entrañas del existencialismo y la miseria, caigo en cuenta de que cada vez se angosta más, hasta que el tamaño de las bases de mi ser, pilares de mi vida, apenas alcanzan a pisar con las puntas.

Levantando la cabeza, distingo que en aquel lugar donde el camino es tan fino que es invisible, existe al final una tenue luz de esperanza. Tan pronto me parece estar alcanzando aquel cálido fulgor, sin embargo, me aborda el presentimiento profundamente angustiante, de que a cada paso que doy, el cálido fulgor del sentido de la vida se aleja más, mientras que el camino se estrecha infinitamente.

Desesperado, en un último intento de alcanzar la luz, mi pobre espíritu maltratado por las espinas del camino, escapa del suelo y se lanza con un fervor inigualable hacia la finura extrema del enfiladero, intentando salpicarse de la esperanza tan sólo lo suficiente como para que cuando inevitablemente caiga nuevamente a las entrañas del exitir y la miseria, tenga todavía la fuerza y sentido suficientes para reiniciar el camino a la siguiente noche…

A penas manchado el lóbrego mundo de mi introspección por la policromía del sentido de la vida, mi ánima regresa a mi cuerpo decayente, y lo alcanza en su eterno retorno descendiente hacia el pantano de la existencia banal.

Cae una lágrima desde el plomizo e intranslúcido cielo, deslizandose por mi mejilla, cuando mi reloj biológico infalible me anuncia que es hora de despertar. Abro los ojos y me corta la piel de la cara el inclemente hálito de viento del invierno.

-Fimbulvetr.- , me digo, me susurra aquella voz en mi interior que alimenta mi más oscuro negtivismo realista.

[...]