Y entonces sucedió…

no se lo esperaba, canalizaba negatividad y la expulsaba en todas direcciones,

se sintió violado, mente, cuerpo y alma,

traición presente, encadenado e ignorado,

presa facil, marco destrozado, falta de importancia.

El sentimiento agobiaba su totalidad y repetíase peste tras peste en un frensí de pensamientos mediocres, elusivos, corrientes, vagos y sin embargo pensaba en nada más que maltrato, olvido, desconfianza, odio y pasión.

Lúgubre altar del miedo, a quedarse solo, a perder la oportunidad, ha ya haberla perdido.

Desamores no más, no sabía como desatar y revelar su interior; sólo en una esquina, apartado y llorando en silencio.

Sentía el rechazo, las risas, las ideas descabelladas, la falta de respeto y vergüenza.

Estaba paralizado, momia en la Antártida, fuera de locación, colado, invasor, intrépido pero fuera de contexto,

no era aceptado, por lo menos no lo percibía de tal forma, intruso de vidas y amistades.

¿quién era él para meterse donde no era querido, necesitado, requerido, útil?

Nadie, en efecto, nadie, no existía más, ni en las mentes de niños, ni en las fábulas, ni en las fantasías, ni tras las cobijas ni debajo de la cama, ni adentro ni afuera, su presencia era el resto, las sobras, el perro callejero, nadie más, nadie menos, solo no era.