Tras aullarle a la luna llena, con tal nostalgia, que hiciera a las nubes llorar;
se encamino el lobo montaña abajo, regresando a la llanura, empapado de soledad hasta las patas, rondando sus tierras vastas.
Sin sacudirse el pelaje, sin afilar sus colmillos, dejo la manada como perdido en el conocido clima cambiante.
Helado hasta los músculos, caminó y caminó, como buscando aquello que lo llevase a su fin.
Llego al fin, al fin del mundo, donde las tormentosas nevadas lo cubrieron por completo; cual avalancha de misericordia ante el destino de aquella bestia.
Tan blancos y tan puros, tan tristes y tan llenos; sus pelajes pronto se hicieron.
Desdichado animal en busca del frío, reflejo de su corazón congelado; ha dejado de latir incluso durante su presente movimiento que podría nombrarse vida.
Su interior se creía muerto, su exterior sin embargo resistía desde la mas mínima brisa hasta la más potente ráfaga, ventarrón de las tierras de nadie, donde la vida se aleja para no regresar jamás.
Sufría el animal de todo menos de frío, más que nada, sufría de ser;
De ser el ser, amo y líder, de las nieves, del desamor y de la tragedia, de la belleza, de la autonomía,
del todo y de la nada, de la carencia irrefutable y del cero absoluto.